Un lucense en Quintanilla de Somoza

Emilio Rodríguez Pérez

Emilio Rodríguez Pérez

 

Por una vez cambio el ruidoso mirador de mi ventana allá en el alto por un bucólico balcón de paz aquí en el campo. Son las doce, las doce en punto de una espléndida mañana del mes de agosto. Me lo recuerda la campana de la iglesia que repite la docena al poco tiempo por si acaso, por si no te enteras. Suenan suave, sin estridencias, no molestan al oído; y como estás inmerso en una especie de glorioso sueño, es fácil no enterarse, que te pierdas al tercer o cuarto golpe de badajo. Rodeado del rojizo mar de tejas con que se cubre el pueblo entero, allí en el fondo sobresale el campanario con el nido de cigüeñas ya vacío, de vuelta hacia otros pagos sus eternas inquilinas. Más al fondo campo, trigales recién segados, monte bajo y cielo, cielo azul inmenso.

Golondrinas y vencejos zigzaguean con sus vuelos trepidantes, zumban las abejas, cantan los gorriones aquí al lado, en las ramas de los árboles frutales junto al huerto de mi hermano, y graznan dos urracas en el gran nogal de enfrente cuya sombra cubre el patio. Griterío infantil en el campo rústico de fútbol de ahí abajo. Sí, algún mosquito sí molesta, y la bocina del panadero, y las ruedas de algún coche arañando el suelo, y el ronroneo al fondo de una motosierra…, pero nadie dijo que la antesala de la gloria sea perfecta. Así que como yo me encuentro a gusto y tengo a mano un boli escribo esto.

Esto es Quintanilla, Quintanilla de Somoza, pueblín hermoso maragato en las faldas de El Teleno. 50 casas. Quizá 60. 40 escasas almas en invierno. Estamos en un sábado de agosto, el 28, cumple de mi hermano. Felicidades, Nolo. Que lo sigamos celebrando con salud durante muchos años.